
MEZCLA DE SENTIMIENTOS
EL ÚLTIMO ADIÓS DE PENÉLOPE...
Penélope bajó como cada noche a su pequeña playa. Como cada noche buscaba una razón a su mínima esperanza. Allí, como siempre, la esperaba la luna. La luna que tantas veces había contemplado en silencio, y las estrellas, a las que conocía por su propio nombre, pues cada noche ella les hablaba de él. Estaba cansada y sus ojos tristes estaban resecos por la sal. Conocía cada grano de arena que acariciaba sus pies descalzos al caminar; conocía cada movimiento de las olas, que llegaban juguetonas hasta ella como en un intento de animarla con su espuma. Ella había bajado a esa playa cada noche desde hacía mucho, mucho tiempo. Contemplaba el horizonte mientras acunaba en su pecho el último resquicio de ilusión que le quedaba, esperando distinguir en el horizonte alguna vez la imagen de las preciosas velas del barco que un día se lo llevó lejos.
Hacía frío, un frío inusual aquella noche...o quizás sólo era un escalofrío premonitorio. Se tapó un poco más con aquel chal que había tejido de sueños cada día durante su larga espera. Buscó un rincón entre las rocas de la orilla y sobre un lecho de algas secas se recostó. Una especie de sopor se apoderó de su mente y de su cuerpo cerrándole los ojos.
De pronto se encontró allí, en aquel sitio que ella tantas veces visitaba. Era un espacio que apenas nadie conocía. Allí se respiraba el aroma de su amado, pues todo lo que allí había era suyo. Penélope visitaba ese lugar a diario intentando hallar respuestas, algo que le indicara que tenía que seguir esperando, que su espera no sería en vano finalmente.
Esa noche fue distinta. Aquel lugar era del color de la sangre. Lo recorrió todo, como siempre y de repente vio algo que jamás había visto antes. Algo nuevo se escondía allí en un rincón. Algo desconocido para ella. Había dos cofres, los dos tenían la misma inscripción escrita con la misma letra y firma desconocida... Pensó que quizás alguien los había dejado allí por casualidad, sin ningún fin. "Ojalá sea así" se dijo.
Por un momento quiso desaparecer de allí y olvidar lo que había encontrado. Sería lo mejor.
Pero la curiosidad, las ansias de saber la empujaron a desobedecer su propio instinto y sin darse cuenta sus manos estaban abriendo esos dos cofres...
Lo que vio allí la dejó sin aliento por unos instantes. Había más letras desconocidas, todas púrpura, y las letras estaban acompañadas por imágenes. Siguió recorriendo el lugar ajeno con el corazón saliéndosele del pecho. Entre aquellas letras y aquellas imágenes lo vio. Era él, estaba allí, compartiendo aquel espacio rojo como el suyo, cohabitando con aquella imagen femenina de cabello rizado y ojos claros...Los cofres no estaban allí por casualidad. El, de alguna manera, había conseguido llevarlos allí...y a ella, la imagen que él ahora deseaba...
Al principio un calor inmenso le atravesó el cuerpo de abajo a arriba quemándole las entrañas. Después una huída precipitada del lugar y de aquel olor a sangre desparramada y que compartían los dos.
El escalofrío esta vez fue tan intenso, que de un impulso se encontró de pie junto a la roca en la que dormitaba. El chal tejido de sueños se quedó tirado en el suelo. Pero ya no sentía frío. No sentía nada más que vacío. Penélope se asemejaba ahora más a una roca de aquella playa que a un ser vivo. La luna amiga ya no estaba y las nubes se habían tragado las estrellas. Sólo la oscuridad y su delgada figura inmóvil se hallaban presentes junto al mar, que de pronto estaba como enfurecido.
Pasó un buen rato antes de que latiera de nuevo su corazón. Recordó lo anteriormente vivido y comprendió...
La espera ya no tenía sentido. Ulises nunca regresaría...Ella sólo era ya el Pasado. Estaba desterrada y olvidada. Estaba muerta para él...
Miró hacia atrás. Se veían las luces de los hogares de la hermosa Itaca. En la isla, podía distinguir también la luz de su propio hogar, esa luz que ella siempre mantuvo encendida por si él regresaba. Viajó con la mente a su casa e imaginó lo vivido allí cuando él la compartía con ella. Supo que jamás tendría lo mismo, que jamás podría contemplarlo a la luz de las velas en el lecho mientras dormía, que esas cuatro paredes jamás escucharían su voz, su risa, su música, sus palabras de poeta...jamás volverían a compartir la cena ni los días venideros...
Las lágrimas, las de siempre, se presentaron en forma de manantial desbordado y la humedad le cubría el cuerpo...Pero no sólo eran las lágrimas las que la empapaban, sino el mar. El agua le llegaba ya a la altura de su cuello. Ella tenía miedo, pero algo le hizo seguir adelante. Sólo tuvo que recordar esa imagen de nuevo: la imagen del color de la sangre con forma femenina junto a él fue como una enorme piedra atada a su cuello. En el fondo encontraría la paz para su castigado corazón...
Y se dejó hundir llevándose con ella su dolor, su pena, su tristeza, su desesperanza, su desilusión...y su amor.
Recordó los ojos de Ulises por un momento...esos ojos que alguna vez miraron con ella las estrellas fugaces en la madrugada...y con ese recuerdo Penélope dijo su último adiós.
"Adiós...
...Adiós para siempre..."
Penélope
Y Ulises se fue para nunca más volver...
"Y se quedó con su bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón...sentada en la estación...Penélope..."